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¿Qué es una Póliza de Seguro?

Te informamos sobre la póliza de Seguro

¿Qué es una póliza de Seguro?

Existen muchas clases de seguros y es bastante frecuente que las personas tengan contratados y en vigor varias pólizas diferentes a su vez, siendo algunas obligatorias para el uso de ciertos bienes (como la de coche o la de moto) y otras que, sin serlo, son muy necesarias para garantizar la máxima tranquilidad y protección (es el caso de la de hogar, la de salud o la de vida, por citar algunos ejemplos). Una vez que el cliente escoge personalmente o asesorado de manera profesional por un mediador el producto que desea suscribir, se debe formalizar mediante la firma de un contrato que recoja todas las especificidades legales del acuerdo.

A grandes rasgos, en esto consiste una póliza de seguro, es decir, en el documento por escrito que se ratifica entre el cliente (que, en este caso, se convierte en asegurado) y la entidad aseguradora, y que otorga validez legal al acuerdo por el que la segunda presta un servicio de cobertura al primero en relación a alguno de los productos que comercializa en el mercado. En cualquier póliza de seguro deben figurar por escrito elementos como los riesgos que están asegurados de acuerdo a las especificidades del producto al que hace referencia, las obligaciones y responsabilidades que contrae la compañía aseguradora, y los mecanismos desarrollados para, en su caso, liquidar las posibles indemnizaciones y el pago de las primas por parte del cliente.

De manera más formal, las particularidades de las pólizas de seguro quedan recogidas en la Ley de Contrato de Seguro, concretamente, en su artículo 5. En esta norma se desarrolla con mayor detalle cuáles son los términos y obligaciones que se deben incluir en el documento, en especial, por su relevancia, de qué manera se activan las garantías del seguro y cómo la aseguradora debe resarcir económicamente al cliente si ocurre un siniestro o cualquier otra eventualidad recogida en el contrato. Por ello, también es frecuente que, con carácter general, se denomine a una póliza como contrato de seguro.

De cualquier forma, en toda póliza de seguro, hay una serie de figuras que conviene tener presente:

  • El tomador, que es aquel que suscribe el contrato responsabilizándose del abono periódico de la prima correspondiente, por lo que asume, también, las obligaciones derivadas del contrato que ha firmado.
  • El asegurado, que es quien, en realidad, se encuentra protegido por la póliza. Aunque es habitual que coincidan en un mismo sujeto tomador y asegurado puede ocurrir que no sea así (por ejemplo, en el caso de un padre que contrata un seguro de coche para su hijo que acaba de sacarse el carnet de conducir).
  • El beneficiario, que es la persona que recibirá, en su caso, la indemnización correspondiente, en virtud de la designación que ha realizado el asegurado.
  • El asegurador, que, en este caso, es la compañía que asume los riesgos y coberturas asociadas a la póliza y que, por tanto, protege al asegurado.

 

Qué tiene que aparecer en una póliza de seguro

A pesar de que cada documento contiene sus particularidades que le distinguen del resto, existen una serie de elementos comunes a todas las pólizas de seguro que conviene tener en cuenta. Por un lado, cabe destacar el riesgo asegurable, que es aquel que cubre el producto que se ha contratado de acuerdo a una serie de requisitos que lo habilitan, como que sea específico, que tenga posibilidades ciertas de ocurrir y sobre el que se pueda realizar una cuantificación económica objetiva. Jurídicamente, tiene que poseer dos elementos más: estar amparado por la ley (es decir, ser lícito a efectos formales) y que ocurra inesperadamente, sin que haya premeditación de por medio, lo que significa que tiene que poseer un carácter fortuito.

El segundo de los elementos es el interés asegurable, que subraya la relación directa entre un determinado valor económico y el bien que entra dentro del objeto del seguro. En realidad, lo que se pretende es confirmar que dicho bien es posible de tasar con dinero con carácter previo a que se active la póliza, estableciendo una cuantificación real y objetiva del mismo. Finalmente, cabe reseñar dos elementos más: la obligación que asume la compañía aseguradora para resarcir al cliente en caso de que se produzca alguna de las incidencias previstas en el documento que active las garantías allí especificadas, y la cantidad económica que el usuario está obligado a pagar a la compañía, normalmente, con un carácter anual, para poder disfrutar de las coberturas ofrecidas por el producto. Este emolumento recibe el nombre formal de prima.

 

Un seguro para cada circunstancia

A día de hoy, existe una amalgama de seguros, cada uno con su correspondiente póliza, que son casi innumerables. Desde los más tradicionales, como los que garantizan una potencial seguridad económica a la familia de una persona que fallece o sufre un grave accidente, como es el seguro de vida, hasta los más modernos, relacionados con el uso y disfrute de las nuevas tecnologías, como es el caso del ciberseguro. Por ello, es muy difícil establecer una clasificación de todas las pólizas que, en la actualidad, se comercializan.

Sin embargo, lo más habitual es diferenciar las pólizas en virtud de lo que protegen. En este sentido, existen tres tipos distintos: en primer lugar, se encuentran los seguros de intereses, que garantizan una adecuada protección de los bienes materiales. Una póliza de hogar entra dentro de esta categoría, ya que se ocupa de ofrecer a las familias una serie de coberturas ante cualquier incidencia o siniestro que pueda suceder en una vivienda. Según el rango de garantías, pueden ocuparse desde, por ejemplo, un incendio a una inundación, diferenciando el continente (básicamente, los elementos externos del inmueble, como la fachada) del contenido (lo que se encuentra dentro de la casa, como los electrodomésticos).

El segundo grupo lo conforman los seguros de personas, que tienen como principal misión proteger la integridad del tomador, cubriendo diferentes elementos relacionados con su bienestar. Una póliza de salud o una de accidentes serían dos de los ejemplos más evidentes. Ambas comparten el hecho de que son de suscripción voluntaria, aunque, más allá de eso, cada una cuenta con sus singularidades que las diferencian sobremanera. Finalmente, se encuentran los seguros que garantizan una serie de coberturas ante determinados hechos específicos, como un seguro de viaje.