En ocasiones, nuestro eterno deseo de tener la casa ordenada y limpia nos frustra porque nunca llegamos a verla tal y como nos gustaría. Sobre todo, si parte de los habitantes son menores de 15 años, (aunque nos atreveríamos a alargar esa edad jijiji).

Pues bien, hoy vamos a hablar sobre la importancia de “cambiar el chip”  y apostar por un “hogar vivido”. Pensando de esta forma, evitaremos enfados, largas sesiones de orden para que todo vuelva a estar algo desordenado pasada media hora y frustraciones innecesarias. Parece una tontería pero es una forma de evitar cierto grado de estrés que nos autoimponemos y, por tanto, nuestra salud física y mental mejorará.

No con ello queremos decir, ¡viva el desorden! No, no, no… de ninguna forma.

A todos nos gusta tener una casa ordenada y limpia. Nos referimos a la actitud, a ser un poco más permisivo/a y a darnos cuenta de que ese desorden es fruto de que tus seres queridos están disfrutando de su hogar, en calma.

Una casa vivida es la que tiene chaquetas colgadas en el recibidor y no escondidas en un armario, tiene tazas y vasos de agua en la cocina porque alguien las usa a diario, la alfombra con juguetes y el escritorio repleto de libros y bolígrafos. Los habitantes de una casa vivida no deberían invertir todo su tiempo libre en tener un hogar perfecto, sino que son aquell@s a los que no les importa dejar los platos sucios en la cocina porque prefieren aprovechar en el parque los últimos rayos de sol del día con los niños o realizar cualquier otra actividad. Es cuestión de ser un poco más permisivos y de disfrutar más de nuestro tiempo de ocio en familia. ¿Probamos?

¡Eso es un buen hogar!