El consumo de azúcar e hiperactividad son dos conceptos que en las últimas décadas siempre han estado relacionados en el pensamiento de muchas personas. Lo cierto es que la mayoría de los padres y madres tienen la absoluta creencia de que cuando sus hijos consumen un exceso de azúcar, se muestran más activos y nerviosos.

Ante esto, que tantas personas dan por hecho, hay que señalar que esta conexión entre el consumo de azúcar e hiperactividad no tiene, en realidad, una base científica.

Una posible explicación a esta idea se encuentra en la rápida absorción por parte de la sangre del azúcar refinado y colorantes presentes en bollería industrial y golosinas. Esta fácil absorción hace que los niveles de glucosa aumenten con rapidez, lo que puede provocar que el cuerpo reaccione aumentando los niveles de adrenalina.

Pero, como comentábamos al principio, lo cierto es que se han realizado diversos estudios al respecto, para demostrar la relación entre el consumo de azúcar e hiperactividad. Hasta el momento, no ha habido ninguna prueba concluyente que deje patente dicha conexión.

Estas investigaciones analizaron grupos de niños hiperactivos frente a grupos de niños sin este tipo de comportamiento. Ante el consumo de azúcar por parte de todos, ni aquellos se mostraron más hiperactivos de lo que ya eran, ni éstos se comportaron de manera más nerviosa que antes.

Otra de las investigaciones se basó en las percepciones de los propios padres, a los cuales se les hizo creer que sus hijos habían consumido azúcar sin ser verdad. Todos los padres dijeron haber percibido a sus hijos más hiperactivos de lo que eran normalmente.

Hoy en día, continúan las investigaciones para verificar la conexión entre el consumo de azúcar e hiperactividad, sobre todo enfocadas al potencial incremento de la ingesta de este nutriente en el último siglo que coincide con la reciente aparición de cada vez más casos de hiperactividad en niños. Por lo tanto, se intenta demostrar que el consumo de azúcar durante un tiempo muy prolongado puede afectar al comportamiento de los más pequeños. Pero de momento sigue sin haber pruebas concluyentes que permitan dar por cierta tal afirmación.