Cuando los hijos se van de casa, suele ser un momento complicado en la vida de la pareja. En ocasiones, puede desarrollarse el llamado síndrome del nido vacío. Las emociones que experimentan (tristeza, soledad, vacío) y la sensación de incertidumbre son difíciles de asumir, y, en ocasiones, acarrean otros problemas psicológicos, como ansiedad, depresión, problemas de pareja, etc.

Suelen ser emociones pasajeras, que se entremezclan con otras positivas como por ejemplo el orgullo de que su hijo estudie, se haga mayor y comience a vivir nuevas experiencias. Existen, incluso, casos en los que los padres viven la marcha de su hijo como una liberación, ya que ven cumplidas sus metas de enseñarles a volar solos y por fin les llega a ellos el momento de dedicarse a sí mismos y a su pareja.

Una vez que los hijos se han marchado de casa, de repente, "todo se echa de menos". De pronto, la casa se hace más grande, hay más espacios libres, la nevera está más vacía, etc. A partir de este momento, se inicia un periodo de adaptación, de reajuste y de elaboración de nuevos roles y patrones de interacción en la familia.

Si los padres viven el cambio como un abandono o una pérdida desarrollarán el síndrome del nido vacío y surgirán en ellos las emociones negativas implícitas en una etapa de duelo (tristeza, soledad, sentimiento de vacío, melancolía, etc.). Por ello, es importante vivir el proceso de cambio como algo normal y darse tiempo para que cada uno se acople.

Los padres que han fomentado a lo largo de los años la autonomía de los hijos, vivirán mejor este momento. Es decir, en función del grado de dependencia que se haya establecido entre hijos y padres, el ajuste a la nueva situación será más o menos difícil.

Consejos prácticos

Algunos consejos que ofrecen los expertos para afrontar las marchas de los hijos del hogar familiar son: comunicarse más, volver a ser amigos además de pareja, retomar los momentos íntimos y revivir la sexualidad en la pareja y buscar actividades de ocio comunes, por ejemplo, pasear. Para aprender a vivir esta nueva vida, encajando los sentimientos positivos con los otros no tan buenos como la nostalgia o la pena de que el hijo no viva en casa, es importante, reconocer y aceptar que, aunque sea ley de vida, la pérdida produce dolor.

Por otro lado, cuando queda aún algún hijo más en la casa, el impacto de la marcha del primero es menor. Aunque se eche de menos al vástago que se ha ido, el cambio que se produce en casa puede ser positivo. Los padres tienen algo más de tiempo disponible que se puede emplear pasando ratos con los hijos que aún quedan en la casa. Y puede que incluso haya menos discusiones al haber un miembro menos.

Compartir esos sentimientos con otros padres en la misma situación y, por supuesto, no perder el contacto telefónico con los hijos, hacerles visitas, y aprovechar así para conocer más en profundidad la ciudad en la que vive su hijo son otras recomendaciones para afrontar mejor esta nueva etapa de la vida.

Y, por supuesto, es fundamental que los padres retomen actividades o inicien otras nuevas (hobbies, paseos, quedadas con gente etc.) para evitar el bajo estado de ánimo y para ir desarrollando nuevos roles.