La alimentación mediterránea es el mejor ejemplo de dieta equilibrada y supone un gran beneficio para la salud. Lejos de quedarse en una mera forma de nutrirse, la dieta mediterránea implica un estilo de vida y una forma elaborada de cocinar que encierra y resume todo un bagaje cultural a lo largo de los siglos. Una filosofía de vida que se corona con el célebre "mens sana in corpore sano".

Son numerosos los estudios científicos, que han demostrado, la validez de la dieta mediterránea a la hora de prevenir enfermedades y que han constatado sus beneficios en nuestra salud. El ritmo rápido de la vida actual, el estrés y la falta de tiempo hacen que nos inclinemos a pensar que es imposible adaptarse a una alimentación sana. Pero no es complicado seguir una alimentación mediterránea si adoptamos unas cuantas pautas con algo de disciplina y voluntad.

Para comenzar, la alimentación mediterránea tiene su base en una serie de alimentos que nunca deben faltar en nuestra mesa:

  • El aceite de oliva: el oro líquido, la joya de la alimentación mediterránea. Es un alimento "cardioprotector". Debe ser la principal fuente de grasa en nuestra dieta.
  • Las frutas y las verduras: a ser posible frescas, poco procesadas y de temporada. Se deben consumir cada día. Las legumbres, hortalizas, frutos secos, verduras y frutas en general proporcionan vitaminas, minerales, agua, fibra y antioxidantes. La fruta debe ser nuestro postre habitual, dejando los dulces y los pasteles para ocasiones muy puntuales.
  • El arroz, la pasta, el pan y los cereales: aportan carbohidratos. Son la energía fundamental para nuestras actividades diarias.
  • Los productos lácteos, sobre todo el queso y el yogurt, aportan vitaminas, proteínas, calcio y fósforo.
  • El pescado azul, cuya grasa -aunque animal- es igual de beneficiosa que la vegetal. De la misma manera que los huevos, es recomendable consumirlo unas tres veces por semana.
  • Las carnes proporcionan proteínas y hierro. Se deben consumir con moderación, pues la grasa animal en abundancia no es beneficiosa para la salud. Es preferible consumir carnes blancas, como la del pollo, a carnes rojas.
  • El agua y el vino; la primera debe beberse a diario y en abundancia. El vino debe tomarse con moderación y siempre acompañado de una dieta equilibrada.

Aparte de estos alimentos fundamentales, hay hábitos que deben formar parte de nuestro día a día, como es, por ejemplo, el consumo moderado de los alimentos. No hay que comer grandes cantidades; mejor pequeñas y varias veces al día.

Debemos también aprender a disfrutar cocinando. Sabemos que no tenemos mucho tiempo, pero encontrar un rato para cocinar en compañía, ayuda a relajar la mente. Lo mismo ocurre al comer acompañado: es recomendable hacer de la comida un acto social.

Para finalizar, la guinda de la alimentación mediterránea debería ser la práctica de ejercicio físico. Si no se dispone de tiempo suficiente se pueden emplear las actividades del día a día para tal fin, esto es, subir y bajar escaleras, pasear, etc.

Un buen descanso para reponer fuerzas completará esta serie de pautas que recomienda la dieta mediterránea y que, seguidas con cierta regularidad, harán mucho más saludable nuestra vida.