Pongamos el ejemplo, más común de lo que desearíamos últimamente, de ese familiar, vecino o conocido al que han despedido hace poco. Muchos de sus amigos y de las personas que le rodean se apresuran a decirle que mantenga una actitud positiva.

Le recuerdan que si se centra en conseguir otro trabajo lo logrará más pronto que tarde, que piense que podría ser peor, que por lo menos y de momento, cobrará una prestación por desempleo, que por lo menos su pareja tiene aún trabajo, que por lo menos, tiene buena salud. 

 

El mensaje queda claro: hay que estar agradecido por lo que uno tiene, no hay que insistir y profundizar en lo que se acaba de perder.

Nadie quiere hacer daño con comentarios de este tipo: tratan de hacernos sentir mejor. Y por supuesto que estamos agradecidos por lo que tenemos, la persona del ejemplo aún está en una posición que podríamos llamar “privilegiada”.

 

Pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que la situación sea envidiable.

 

Los despidos suelen ser un drama. Pero lo son aún más en medio de una pandemia, cuando la pérdida de empleo está en unos niveles que nadie desea en este país. Encontrar un nuevo trabajo no suena ni remotamente fácil, especialmente cuando tanta gente lo está buscando, pero nadie busca contratar. La desilusión se apodera inevitablemente de quien está en esa situación, no hay toneladas de pensamientos positivos que puedan contra eso.

 

Teniendo claro que no hay nada malo en la positividad y que, de hecho, puede ser una fuerza que te ayude a motivarte día a día, hay que decir que también puede volverse dañina cuando es forzada, contundente o deslegitima los sentimientos reales de ansiedad, miedo, tristeza o dificultad. En este caso, no hablamos de una positividad saludable, sino tóxica. 

¿Qué es la positividad tóxica?

 

Digamos que es la suposición -por nuestra parte o por la de los demás- de que, a pesar del dolor emocional o la situación difícil de una persona, solo debe tener una mentalidad positiva o, uno de los términos más escuchados actualmente, vibraciones positivas.

 

La positividad tóxica puede adoptar formas múltiples: puede venir de un miembro de la familia que te regañe por expresar tu frustración en lugar de escuchar por qué estás molesto; puede ser un comentario para que veas el lado positivo o estés agradecido por lo que tienes; puede ser un meme que te diga que solo tienes que cambiar tu perspectiva para ser feliz; puede ser alguien que publica repetidamente lo productivo que está siendo; pueden ser tu propia sensación de que no debes insistir en tus sentimientos de tristeza, ansiedad, soledad o miedo.

 

Con la positividad tóxica, las emociones negativas se consideran inherentemente malas. En el mundo en que vivimos, se ensalza compulsivamente la positividad y la felicidad, y se niegan, minimizan o invalidan las experiencias emocionales humanas auténticas.

 

La presión de tener que estar “bien” invalida el abanico de emociones que todos experimentamos. Puede dar la impresión de que se tienen defectos cuando nos sentimos angustiados, lo que puede interiorizarse en una creencia de que se es inútil o débil.

Juzgarnos a nosotros mismos por sentir dolor, tristeza o celos (todas sensaciones que forman parte de la experiencia de vida y que son emociones pasajeras), conduce a lo que se conoce como emociones secundarias -como la vergüenza-, que son mucho más intensas; nos distraen del problema que nos ocupa y no dan espacio a la autocompasión o a la frustración, tan necesarias para nuestra salud mental.

 

La positividad tóxica, en su esencia, es una estrategia de evitación que se utiliza para alejar e invalidar cualquier malestar interno, cuando evitar las emociones en realidad causa más daño.

 

Hay estudios que concluyen que cuando se nos pide que no pensemos en algo, en realidad es probable que lo pensemos todo el rato, o que reprimir los sentimientos puede causar más estrés psicológico.

Evitar o suprimir el malestar emocional conduce a un aumento de la ansiedad, la depresión y un empeoramiento general de la salud mental. No procesar las emociones de manera eficaz y oportuna puede conducir a una gran cantidad de dificultades psicológicas, que incluyen trastornos del sueño, aumento del abuso de sustancias o medicación, riesgo de una respuesta de estrés agudo o incluso trastorno por estrés postraumático.

 

La positividad tóxica es especialmente dañina en estos momentos, porque la pandemia nos está provocando una necesidad de controlar y evitar la incertidumbre. Con algo tan impredecible e incierto como el COVID-19,  una reacción instintiva podría intentar borrar las caras demasiado optimistas, sonrientes o positivas, para evitar aceptar una realidad dolorosa.

Pero es que la realidad duele ahora mismo. Las recomendaciones (u órdenes expresas en algunas zonas) de quedarse en casa nos han mantenido aislados. Muchas empresas cierran, otras deben prescindir de personal. Los que siguen trabajando se encuentran de repente haciéndolo desde casa. Muchos están cuidando a sus hijos mientras buscan el equilibrio entre familia y trabajo. Los trabajadores esenciales se enfrentan al riesgo cada día al salir de casa. Los sanitarios se encuentran en la misma situación y llevan meses sometidos a un estrés excesivo.

 

Todos estamos luchando, individual y colectivamente contra sentimientos de soledad, ansiedad y miedo a enfermar.

Aproximadamente 6 de cada 10 personas afirman haber experimentado fuertes emociones negativas, como ansiedad, depresión, soledad o desesperanza.

 

La positividad tóxica está muchas veces chocando con las dificultades reales que enfrentan las personas durante este tiempo y es que simplemente colocar un pie delante del otro es muchas veces un logro para muchos durante esta pandemia mundial.

 

La presión de ser productivo hace a muchísima gente sentirse totalmente inútil y avergonzada, pensando que, “con la que está cayendo”, ellos simplemente tratan de pasar el día sin dejarse llevar por la ansiedad o reprimiendo las ganas de llorar.

 

Y, sin embargo, las redes sociales nos abruman con mensajes sobre cómo aprovechar esta etapa de semi-confinamiento voluntario (o forzoso): seamos productivos, hagamos pan, horneemos galletas, aprendamos un idioma nuevo con una app, ordenemos la casa….

 

Pero no todo el mundo es capaz de afrontar el estrés manteniéndose ocupado. Para muchos, estos mensajes son dañinos y provocan un aumento de los sentimientos de depresión y ansiedad. Cuando todo esto comenzó, muchos psicólogos se dieron cuenta de que esto iba a ser tema de debate en algún momento, y descubrieron que muchos de sus pacientes no eran conscientes de que tenían la opción de no conformarse con la positividad tóxica que se encuentran a su alrededor.

 

Tenemos que encontrar la justa medida de las cosas, de los sentimientos, y no permitir que un exceso de positividad nos abrume, cuando estamos precisamente buscando algo que nos levante el ánimo y no que nos lo deje por los suelos. La positividad tóxica es algo que existe, y para evitar que nos cause un problema, no deberíamos tener que fingir que todo está bien cuando en realidad, no lo está.