Habitualmente muchas empresas añaden el adjetivo "natural" a un alimento o una dieta alimentaria. Con ello se pretende dotar a un producto de una serie de propiedades con las que, en muchas ocasiones, no cuenta. Ninguna investigación ha sido capaz de demostrar la superioridad alimenticia de estos alimentos sobre otros.

Si se habla en un sentido estricto, lo natural sólo puede ser aplicable a aquellos productos que son producidos sin la intervención del hombre. Desde el principio de los tiempos, la agricultura y la ganadería han sido objeto de diferentes métodos de cultivo y crianza para aumentar su productividad, lo que equivale a decir que, de un modo u otro, han sido manipulados.

Además, hay que señalar que no todo lo que crece espontáneamente es adecuado para el consumo humano, y las sustancias tóxicas son un continuo en la naturaleza. Por lo tanto, y con la excepción de la leche materna, es difícil atribuir en la actualidad el calificativo "natural" a un alimento.

Por descarte, entonces, se tiende a denominar como alimentación natural a aquellos alimentos no procesados. El fuego es conocido y utilizado para cocinar productos desde hace más de medio millón de años, y fue la clave para que el ser humano cambiara sus hábitos alimentarios.

Pero dado que el uso del fuego implica la intervención de la mano del hombre, se podría también decir que, si el alimento se cocina, habrá dejado de ser natural. Este es el argumento de los defensores del consumo de alimentos crudos, que argumentan que el fuego modifica la estructura molecular de los alimentos, los desnaturaliza y los destruye en una gran parte, eliminando muchos nutrientes esenciales, como vitaminas y enzimas.

Sin embargo, lo que no suelen decir es que el consumo de alimentos crudos puede suponer un riesgo para la salud por la transmisión de infecciones.

Resumiendo, y contrariamente al saber popular, muchos alimentos procesados son más seguros y poseen contenidos más saludables que sus equivalentes naturales. Uno de los ejemplos más claros es el de la leche de vaca, la cual, recién ordeñada, puede contener bacterias, pero la pasteurización y otros métodos se encargan de hacerla beneficiosa para la salud.

Otra idea errónea y muy extendida es que los aditivos son sustancias perjudiciales. Éstos, añadidos a los alimentos y bebidas, no cambian su valor nutritivo, pero modifican sus técnicas de elaboración o de conservación para mejorar el uso al que se destinan.

Además, para que pueda ser aprobado el uso de cada uno de ellos, sus beneficios deben ser claramente positivos, por lo que su presencia no sólo está justificada, sino que es muy conveniente.

Asimismo, un aspecto que está adquiriendo mucho protagonismo si se habla de alimentación natural es el de los productos ecológicos o biológicos. Para que un producto pueda ser comercializado como tal es necesario que cumpla una serie de requisitos controlados por la normativa europea: por ejemplo, está prohibido el uso de hormonas, de abonos inorgánicos y de plaguicidas y herbicidas fabricados con productos químicos.

Los defensores de la alimentación natural pueden alegar que la ausencia de química es una garantía de calidad, pero esto no evita la posible existencia de otras sustancias tóxicas, como microbios o toxinas. Así, los fertilizantes procesados pueden ser de tanta calidad como los naturales y pueden corregir anomalías nutricionales de igual forma, siempre que sean correctamente utilizados.