Es habitual escuchar estos dos términos como sinónimos, sin embargo alimentación y nutrición no son lo mismo.

Una de las principales diferencias es que, mientras la nutrición es un acto involuntario, la alimentación es totalmente voluntaria. Nosotros decidimos qué, cómo y cuándo comemos. En otras palabras, seleccionamos los alimentos, los cocinamos de diferentes maneras y, finalmente, los ingerimos.

Si nos ceñimos a un punto de vista biológico, los seres humanos nos alimentamos para introducir en nuestro cuerpo (concretamente, en nuestro aparato digestivo) aquellas sustancias que necesitamos para poder vivir. Por eso, sentimos hambre o sed. Es la forma que tiene nuestro cuerpo de incitarnos a que nos alimentemos. Una vez que las frutas, vegetales, carne o huevos entran en nuestro sistema digestivo comienza la nutrición. En el interior de nuestro cuerpo se producen una serie de procesos químicos, involuntarios e inconscientes, que extraerán de los alimentos los nutrientes: esas sustancias que el organismo necesita para realizar sus actividades (desde moverse hasta mantener el corazón en funcionamiento), para conservar su estructura (la piel, los huesos…) y, en definitiva, para mantenerse sano. Por tanto, hay una gran diferencia entre alimentación y nutrición.

Cabe suponer, por tanto, que si comemos suficiente estaremos bien nutridos, pero la realidad es muy distinta.

¿Cómo es posible que una persona que ingiere comida esté desnutrida?

El problema puede tener dos orígenes diferentes. En ocasiones, algo está mal en nuestro cuerpo y, por distintas causas, éste no puede extraer o asimilar los nutrientes de la comida. Sería el caso, por ejemplo, de celiacos o intolerantes a ciertos alimentos.

Otras veces, el problema procede de la propia alimentación. Para los seres humanos comer es algo más que una necesidad biológica, tiene también un componente psicológico y social. Psicológico porque no nos da la mismo comer una cosa que otra, tenemos preferencias, elegimos un alimento y no otro porque nos gusta más su sabor, porque nos lo ha recomendado un amigo o porque hemos visto un anuncio sobre el mismo en la televisión. Y tiene un componente social porque en la mayoría de culturas se emplea el acto de alimentarse como medio para celebrar eventos importantes (bodas, cumpleaños, etc.) para reunir a familia o amigos, para agasajar a los invitados…

Estos factores psicosociales llevan a que, en ocasiones, no seleccionemos aquellos productos que aportarán los nutrientes adecuados, y en su justa medida, al cuerpo. Tenemos toda la comida que podemos desear y, sin embargo, estamos mal nutridos y eso se traduce en más enfermedades, mal funcionamiento del organismo, falta de energía…

Por suerte, gracias a que la alimentación es, como apuntábamos antes, un acto voluntario y consciente, podemos influir en ella de forma relativamente sencilla y optar por comer no sólo lo que nos apetece sino lo que debemos, y evitar aquello que no debemos.

Para ello, por supuesto, debemos contar con la supervisión de un profesional médico o especialista en nutrición que nos indique las pautas a seguir.