La contaminación acústica es una constante para aquellas personas que viven en las urbes más grandes. Aunque al final nos terminemos por acostumbrar a ellos, muchas veces los ruidos de las ciudades son realmente perjudiciales para nuestra salud. De hecho, el 76% de la población que vive en centros urbanos sufre un impacto acústico superior al recomendable, lo que causa un empeoramiento de la calidad de vida y un riesgo para la audición.

Hasta los 70 decibelios, se considera un ruido nada nocivo para las personas y con el que se puede convivir. A partir de los 70 y hasta los 90 decibelios, se empieza a hablar de una contaminación acústica moderada. Este es el caso del ruido del tren o el producido por el tráfico. Es a partir de los 100 cuando la contaminación acústica se considera como muy perjudicial para la salud, niveles que podemos encontrar en los ruidos producidos por una taladradora, un concierto o el motor de un avión.

Los traumatismos acústicos agudos provocados por una exposición breve pero intensa al ruido, como por ejemplo una explosión, genera una hipoacusia con alteraciones en el equilibrio, la aparición de acúfenos (sensación de golpeteo en el oído) y, por supuesto, dolor.

Respecto a los traumatismos acústicos crónicos, relacionados a una exposición a ruidos de intensidad nociva y reiterada, estos se ven muy influidos también por otros factores como la genética, el grupo sanguíneo y el sexo.

En España al menos un millón de personas utilizan audífonos por problemas de salud derivados del ruido al que se han visto expuestos a lo largo de su vida, con pérdidas que tienen distintos niveles de severidad pero que son consecuencia de exponerse a ambientes perjudiciales.