Es posible que seas de esas personas que tratan de controlar lo que comen, pero, sin saber bien cómo, acabas ingiriendo más de la cuenta. En ocasiones sientes impulsos que te llevan a abrir la nevera cuando no debes o a servirte más cantidad de lo necesario en el plato.

Es decir, que sufres “ataques de hambre” y encima en esos momentos no recurres a alimentos saludables, más bien todo lo contrario, y te conllevan un aumento de peso, o a no perder los kilos que deseas.

Hay muchas razones por las que puede sufrir esas ganas incontrolables de comer, y es fundamental detectar esos motivos para saber que te impulsa y poder controlarlo. Puede deberse a nervios, estrés, ansiedad… incluso a la alteración hormonal en el caso de las mujeres, son algunos de los motivos.

El hambre emocional

Una de las razones, es comer para llenar nuestros sentimientos. Existe el llamado hambre emocional o hambre de corazón, que es el causante de condicionar nuestras elecciones independientemente de nuestra voluntad. Es importante que no nos sintamos culpables, ni evitar la emoción, sino darle espacio y gestionarla. Nutrir la emoción y no el cuerpo nos ayudará a comer de forma consciente y libre, y por eso es fundamental aprender porqué tenemos hambre.

Los ataques de hambre pueden aparecer a cualquier hora del día, y una forma de controlarlos es darle a nuestro organismo los nutrientes que realmente necesita en cada momento. Hacer es fundamental llevar un estilo de vida activo y seguir una dieta sana y equilibrada. Para ello debes respetar un ritmo de comidas y seguir un patrón regular de horarios, pues no hacerlo favorece la obesidad y el riesgo cardiovascular.

Las paredes del estómago se dilatan cuando perciben comida en su interior, por eso cuando el estómago se vacía y éstas vuelven a su estado natural, los receptores mandan señales nerviosas al cerebro, por lo que vuelves a tener sensación de apetito.

Reparte las comidas

Para no tener tanta hambre y evitar la sensación de apetito, reparte las calorías diarias en 5 o 6 tomas: tres principales (desayuno, comida y cena) y dos tentempiés (uno a media mañana y otro por la tarde, entre la comida y la cena). No dejes pasar más de tres horas entre cada una de las ingestas.

Duerme más

Dormir poco o mal produce alteraciones en las hormonas que regulan el apetito porque aumenta la grelina y disminuye la leptina. Es decir, que, si duermes menos horas de lo habitual, tanto por la mañana como a lo largo del día tendrás más hambre y te apetecerá comer alimentos más calóricos, especialmente dulces. Esto sucede porque el cuerpo genera una respuesta para compensar la energía que no se ha recuperado por la noche. Evítalo durmiendo de 6 a 8 horas diarias.

Controla el azúcar

¿Sabías que después de un bajón de azúcar -hipoglucemia-, se dispara el apetito? Al estar falto de glucosa, tu cuerpo te pide comer algo para restablecer los niveles normales en sangre. Evita llegar hasta este punto, porque además puede sufrir mareos y te sentirás cansado, comiendo con frecuencia, poca cantidad y sano, manteniendo los niveles de glucosa en sangre estables.

Incluye cereales en el desayuno

El desayuno es una comida clave para no estar hambriento a media mañana. Por ello, trata de tomar un lácteo, una fruta y cereales integrales. Éstos últimos son una fuente de carbohidratos y fibra, que te aportan un suministro extra de energía constante y estable. Es una opción mucho más saludable que la bollería que, por el contrario, aporta muchas grasas y calorías y para más inri hará que sientas hambre al poco rato.