Ecológico, orgánico, biológico, eco, bio… Todas esas denominaciones se alinean, cada vez con más frecuencia, en las estanterías de los supermercados. La alimentación ecológica, que lleva años causando furor en lugares como Estados Unidos o los países nórdicos, llega con fuerza a España. Pero, ¿qué significa realmente?

Lo más importante probablemente sea saber que todos esos términos son sinónimos en la Unión Europea. La normativa comunitaria que los regula así lo contempla, y el uso de uno sobre otro se debe a las preferencias de los países y de las marcas que los distribuyen. Por ejemplo, en España está más extendido el uso "ecológico", en Francia prefieren "biológico" y en el Reino Unido "orgánico".

Para considerar un alimento como ecológico debe cumplir una serie de requisitos:

  • En el caso de los cultivos procedentes de agricultura ecológica, es imprescindible que los terrenos estén libres de pesticidas y otras sustancias químicas. Como fertilizante, se prefiere el uso de compostas, de forma que de alguna manera, el terreno no se agote y se devuelvan nutrientes al mismo. Algo que, en principio, redundará también en la calidad de los alimentos. Las semillas, por su parte, no pueden haber sido modificadas genéticamente (no son transgénicas).
  • Cuando se trata de ganadería, la clave está en que los animales vivan y coman de la forma más natural posible. Así, no deben estar hacinados en grandes explotaciones, sino que se recomienda que tengan un espacio mayor y que, a ser posible, pasten fuera de los establos. En el caso de la alimentación, se emplean piensos orgánicos (no transgénicos) y/o pastos sin ningún tipo de fertilizante. Además, los animales no pueden ser tratados con antibióticos ni con ningún tipo de medicación que altere sus ciclos de crecimiento o reproducción (por tanto, nada de hormonas ni tranquilizantes). A ello, se añade que la carne que se distribuye a una zona debe ser, preferentemente, de ganado criado en las áreas limítrofes, con el objetivo, según los productores, de evitar al máximo las enfermedades.

Uno de los argumentos más importantes que los productores y los defensores de la alimentación ecológica enarbolan a favor de la misma es que es más saludable. Pero, ¿hay estudios que avalen esta afirmación?

Los pocos que existen hasta ahora parecen demostrar que, en lo que se refiere a valores nutricionales, no hay diferencia entre los productos obtenidos mediante producción ecológica y los de la "industrializada". Una naranja orgánica, al parecer, no tiene más vitaminas que otra que no lo sea.

Sin embargo, sí que hay otros motivos para consumir productos ecológicos. Evidentemente, la concienciación con el Medio Ambiente es uno de ellos (el mejor trato a los animales, la no sobrexplotación de los suelos, la ausencia de contaminación de los acuíferos...). También lo es el compromiso con los productores locales pues, como ya se ha apuntado, sobre todo las carnes suelen proceder de explotaciones ganaderas próximas.

Y, dejando de lado las creencias, sin duda los tomates de huerta ecológica o los huevos de gallina alimentados con maíz están mucho más sabrosos.

A ello hay que añadir los efectos perniciosos que podrían tener en la salud, los tóxicos que se utilizan en cultivos y ganadería, o los productos transgénicos. Pero aún no hay estudios a largo plazo que avalen su inocuidad o toxicidad.