Una alimentación adecuada, más allá del hecho exclusivo de nutrir, engloba toda una filosofía de vida, una serie de usos y costumbres, y lleva, además, implícita una historia personal y regional. Alimentarse correctamente tendría que ser una preocupación cada vez más extendida.

Está comprobado que, del mismo modo que la alimentación bien controlada es sinónimo de salud, una dieta poco equilibrada puede convertirse en uno de los principales factores de riesgo de muchas enfermedades.

Existe, en la sociedad actual, una tendencia a ceder a la presión del mercado publicitario y esto también se nota a la hora de comer. El problema es que se están dejando de lado las buenas costumbres alimentarias, así como los productos autóctonos que tan bien han funcionado durante años.

Asimismo, si abordamos una dieta deberíamos centrar el objetivo en el equilibrio y la búsqueda de la salud. No tiene sentido plantearse un régimen alimenticio para perder peso si por otro lado provocamos un déficit de nutrientes y, por tanto, abrimos el camino a otras patologías.

Tener una alimentación adecuada significa comer de modo variado, adecuado y personalizado. Todo depende de las necesidades y situaciones personales de cada uno. Así, los requerimientos nutritivos se pueden clasificar en tres tipos, dependiendo de la función que cumplen:

  • Creadores de tejidos: como las proteínas, imprescindibles para la estructura del organismo (músculos, huesos, vísceras, etc.).
  • Energéticos : como las grasas y los hidratos de carbono, utilizados para realizar las actividades diarias (trabajo, estudios, práctica de ejercicio físico, o necesidades del cuerpo, como combatir el frío…).
  • Aportes adicionales: necesarios para realizar todas las funciones anteriores y muchas más. En este campo entrarían las vitaminas y minerales, que permiten al cuerpo utilizar o sintetizar el resto de sustancias de una forma eficiente.

Además, el equilibrio en una dieta bien hecha implica no ingerir alimentos en exceso y otorgar más importancia a la calidad que a la cantidad. Una variedad adecuada aporta más disfrute de olores y sabores, y esto se traduce en no caer en la monotonía.

Pero también es importante cubrir unos mínimos respecto a la cantidad. Desde hace años, triunfa entre la población más joven -precisamente, la que más necesita una nutrición saludable- la moda de la excesiva delgadez, por lo que corren el riesgo de caer en la hipoalimentación. En busca de este ideal tan poco saludable, muchos adolescentes restringen sus aportes de nutrientes esenciales y en ocasiones no llegan ni a cubrir las necesidades mínimas del organismo.

Esta tendencia puede acarrear enfermedades muy peligrosas, como la anorexia o la bulimia, ambas con consecuencias graves para la salud y que, en ocasiones, derivan en patologías crónicas o casi irreversibles.

Como ejemplo de lo anterior, se está detectando cada vez más una falta preocupante de calcio, imprescindible para la formación de los huesos. Este déficit en personas jóvenes provoca, como consecuencia, afecciones como el aplastamiento vertebral, algo que es hasta cierto punto normal en personas de 80 años o más, pero que está apareciendo en sujetos de 40 años. Una muestra más de que la prevención y la alimentación adecuada son sinónimos de calidad de vida.

Además, y aparte de la ingesta de productos lácteos, el organismo necesita de vitamina D para la absorción del calcio, que se sintetiza en la piel gracias a la luz del sol. Estudios comparativos han demostrado que aquellas personas que ingerían calcio tenían un 40% menos de fracturas óseas, si además lo suplementaban con vitamina D, frente a sujetos que tomaban calcio acompañado de un placebo.